SILENCIO & ÓPERA
Silencio
Silencio. Nada se mueve, nada respira, solo una pequeña esfera, inerte, inmóvil, se divisa en mitad del oscuro tapiz. Lentamente la imagen aumenta, poco a poco divisas grietas en el cuerpo redondeado y cristalino. Un sonido, leve al principio, ensordecedor al cabo de unos segundos; de nuevo silencio. La esfera ha estallado. No queda nada. Estás solo, está oscuro. Hace frío; tienes miedo. Lloras, una lágrima resbala por tu mejilla humedeciéndola casi imperceptiblemente, se escurre por la comisura de tus labios y cae, salta al infinito. De pronto una luz. Te ciega. La temperatura aumenta rápidamente, sientes como se secan tus glóbulos oculares, el dolor es casi indescriptible cuando empiezan a resquebrajarse. Gritas y la oscuridad absorbe tu voz. Vuelves a gritar, nada, no se escucha nada. De pronto un crujido, tus ojos han cedido; en su lugar quedan dos cuencas vacías y oscuras. Hace frío otra vez, es lo único que sientes. Te mueves, das vueltas de forma lenta y tediosa. Un sonido, lejano, apenas audible. Parece el eco del viento que rebota en las paredes de unas montañas. Algo toca tu piel. Es agua, resbala por todo tu cuerpo y entra por tu boca, humedeciendo tu labios secos y calmando tu sed. De repente te encuentras mareado, algo se retuerce en tu interior. Te duele, no puedes soportarlo y te desmayas. Tu cuerpo inerte se rompe y desaparece.
Silencio. Nada se mueve, nada respira, solo una pequeña esfera, inerte, inmóvil, se divisa en mitad del oscuro tapiz.
Ópera
Las luces se apagaron y el recinto quedó en una penumbra brillante y sugestiva. El murmullo de la respiración de todos los espectadores tenía un efecto como soporífero, que abotargaba los sentidos. A través de unos invisibles altavoces comenzó a sonar una melodía oscura, que envolvía toda la sala. El telón, de color rojo carmesí, fabricado en terciopelo, se alzó y dejó al descubierto una escena gótico-romántica en la que unos actores-cantantes interpretaban con efusividad la famosa obra de Andrew Lloyd Webber.
La mujer rubia y menuda que interpretaba a Christine parecía sacar su voz desde las profundidades del infierno y cada una de sus notas arrancaba un suspiro ahogado de los espectadores. Un hombre alto y con el pelo castaño exhibía una capa negra y roja atada al cuello y una máscara blanca cubría parte de su rostro. Utilizando las cuerdas del telón a guisa de lianas atravesaba la escena o se escondía en las sombras y alimentaba su obsesión por Christine. Una voz de barítono atravesaba el teatro y hacía retumbar los palcos cada vez que su boca se abría para decir algo.
Y otro hombre, con una potente voz de bajo se le enfrentaba y luchaban y las lágrimas de los espectadores inundaban el suelo cubierto de moqueta. Y así El Fantasma nos ofrecía "La música de la Noche".
Silencio. Nada se mueve, nada respira, solo una pequeña esfera, inerte, inmóvil, se divisa en mitad del oscuro tapiz. Lentamente la imagen aumenta, poco a poco divisas grietas en el cuerpo redondeado y cristalino. Un sonido, leve al principio, ensordecedor al cabo de unos segundos; de nuevo silencio. La esfera ha estallado. No queda nada. Estás solo, está oscuro. Hace frío; tienes miedo. Lloras, una lágrima resbala por tu mejilla humedeciéndola casi imperceptiblemente, se escurre por la comisura de tus labios y cae, salta al infinito. De pronto una luz. Te ciega. La temperatura aumenta rápidamente, sientes como se secan tus glóbulos oculares, el dolor es casi indescriptible cuando empiezan a resquebrajarse. Gritas y la oscuridad absorbe tu voz. Vuelves a gritar, nada, no se escucha nada. De pronto un crujido, tus ojos han cedido; en su lugar quedan dos cuencas vacías y oscuras. Hace frío otra vez, es lo único que sientes. Te mueves, das vueltas de forma lenta y tediosa. Un sonido, lejano, apenas audible. Parece el eco del viento que rebota en las paredes de unas montañas. Algo toca tu piel. Es agua, resbala por todo tu cuerpo y entra por tu boca, humedeciendo tu labios secos y calmando tu sed. De repente te encuentras mareado, algo se retuerce en tu interior. Te duele, no puedes soportarlo y te desmayas. Tu cuerpo inerte se rompe y desaparece.
Silencio. Nada se mueve, nada respira, solo una pequeña esfera, inerte, inmóvil, se divisa en mitad del oscuro tapiz.
Ópera
Las luces se apagaron y el recinto quedó en una penumbra brillante y sugestiva. El murmullo de la respiración de todos los espectadores tenía un efecto como soporífero, que abotargaba los sentidos. A través de unos invisibles altavoces comenzó a sonar una melodía oscura, que envolvía toda la sala. El telón, de color rojo carmesí, fabricado en terciopelo, se alzó y dejó al descubierto una escena gótico-romántica en la que unos actores-cantantes interpretaban con efusividad la famosa obra de Andrew Lloyd Webber.
La mujer rubia y menuda que interpretaba a Christine parecía sacar su voz desde las profundidades del infierno y cada una de sus notas arrancaba un suspiro ahogado de los espectadores. Un hombre alto y con el pelo castaño exhibía una capa negra y roja atada al cuello y una máscara blanca cubría parte de su rostro. Utilizando las cuerdas del telón a guisa de lianas atravesaba la escena o se escondía en las sombras y alimentaba su obsesión por Christine. Una voz de barítono atravesaba el teatro y hacía retumbar los palcos cada vez que su boca se abría para decir algo.
Y otro hombre, con una potente voz de bajo se le enfrentaba y luchaban y las lágrimas de los espectadores inundaban el suelo cubierto de moqueta. Y así El Fantasma nos ofrecía "La música de la Noche".

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